Carlos Alfonso Velásquez A. | Diferentes prejuicios científicos
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Diferentes prejuicios científicos

Diferentes prejuicios científicos

En nuestros días la veneración que rodeaba a los santos en otras épocas se le suele tributar a los científicos. Una vez encumbrados en el altar de la opinión pública, su trabajo científico garantiza que cualquiera de sus ideas llevará el sello de la racionalidad y la apertura de mente. Por esto ha causado cierta decepción la publicación de unos escritos inéditos de Albert Einstein durante sus viajes por Asia en 1922-23, en los que escribe para sí mismo con sinceridad. Y al hablar de la gente que conoce expresa opiniones no propiamente elogiosas de los chinos.

Einstein describe al pueblo chino como “laborioso, sucio y obtuso”. Le asombra que “…Es un peculiar pueblo gregario (…) a menudo más parecido a autómatas que a personas”. Encuentra que las mujeres apenas se distinguen de los hombres, lo que le lleva a preguntarse cómo aquellos pueden encontrarlas atractivas para tener hijos con ellas. Y después de anotar la “abundante descendencia” de los chinos, advierte que “sería una pena si estos chinos suplantaran a todas las otras razas. Para gente como nosotros, solo pensarlo es deprimente”.

¿Cómo así que un científico de su talla, que solo debe mirar la realidad empírica, tuvo prejuicios xenófobos? En efecto, para la corrección política de hoy, ese pensamiento del genio huele a racismo y xenofobia. Si lo hubiese dicho hoy en twitter, a lo mejor le habrían retirado el Premio Nobel. El editor de dichos diarios, Ze’ev Rosenkranz, advierte que “muchos de los comentarios nos resultan muy desagradables, especialmente lo que dice de los chinos que contrasta bastante con la imagen pública de gran icono humanitario…”. Es que en los años 30 Einstein dijo que “al ser yo judío, quizá puedo comprender mejor y hacerme cargo de cómo los negros sufren la discriminación”.

Pero la historia muestra otro tipo de mirada sobre civilizaciones ajenas. Cuatro siglos antes de que Einstein viajara por Asia, llegó a China el jesuita y también científico Matteo Ricci (1552-1610), quien jugó un papel clave en el diálogo entre China y Occidente. A él y a sus compañeros les movía el afán de evangelizar, pero lo hicieron sin dejar de apreciar y respetar la cultura china. Por esto al mismo tiempo en que se ganó la estima de los intelectuales chinos e incluso del emperador, fundó allí las primeras comunidades católicas, introduciendo simultáneamente conocimientos técnicos, matemáticos y cartográficos.

Ricci no fue un viajero, sino que fue a China para quedarse y asimilarse a su civilización. Si vio a los chinos de un modo distinto a lo que más tarde vería Einstein fue sin duda por sus “prejuicios religiosos”, que le llevaron a pensar que también los chinos eran hijos de Dios, capaces de abrazar la fe, sin abandonar su cultura. No los consideró inferiores, sino unos interlocutores valiosos para establecer un puente entre Europa y Oriente.

A veces la luz de la fe ilumina mejor que la luz de la Ilustración.

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