Carlos Alfonso Velásquez A. | DIVORCIO ENTRE ÉTICA Y POLÍTICA
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DIVORCIO ENTRE ÉTICA Y POLÍTICA

DIVORCIO ENTRE ÉTICA Y POLÍTICA

Cuando se observaba que la campaña a la presidencia empezaba a romper la inercia de la falta de propuestas y debates, la contienda electoral se agitó de la peor forma posible por cuenta de las dos candidaturas que, según las encuestas, pasarían a la segunda vuelta: con escándalos y protagonistas donde todos se conocen y han trabajado con todos, pero que aparecen ahora enfrentados en orillas opuestas haciendo daño y creando confusión.

Hasta la semana anterior la campaña electoral se reducía al esfuerzo de los candidatos(as) con menos opción para contrarrestar la maquinaria estatal y la generosa disposición del presupuesto público para pagar publicidad televisiva a favor del presidente candidato. Pero el panorama cambió y la atención se concentró no en la promoción de la esperanza en un mejor país, sino en observar “en vivo y en directo” dos fenómenos con la misma raíz: la judicialización de la política y la politización de la justicia.

La raíz común nos es otra que el divorcio entre ética y política. Divorcio éste que de manera “ejemplar” viven las élites enfrentadas por el poder político. Las mismas que en aguda síntesis denominó Ricardo Silva como “élite implacable” (uribismo) y “élite floja” (santismo).

En efecto, muy poco criterio ético mostró la campaña del “Zorro”, cuando su “asesor espiritual” le presentó al director del noticiero de RCN T.V un “informante clave” escondiéndole su identidad “por razones de seguridad”, como si la rectitud tuviese que ocultarse en la oscuridad el anonimato. Pero la implacabilidad de esta élite quedó al desnudo con el ataque de su “líder”, el senador electo Álvaro Uribe. El mismo que siendo Presidente hizo gala de su ética weberiana de la “convicción” que no de la “responsabilidad”, cuando debido al fallo que en su momento se dictaminó contra Yidis Medina, llegó a declarar que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia “tenían nostalgia del terrorismo agonizante”. Esa misma ética de la “convicción” irresponsable fue la que lo impulsó a plantear, con “bombos y platillos”, la “hipótesis” de que en 2011 JJ Rendón habría donado 2 M de dólares provenientes de mafiosos para solventar el déficit de la campaña en la que eran coequiperos con Santos. Al parecer no pasó por la mente de Uribe que lo mejor para el país hubiera sido pedirle a sus “fuentes” que denunciaran el hecho ante la autoridad competente.

Y ¿qué decir de la “élite floja”? En su “líder”, el presidente-candidato, parece haber más responsabilidad que convicción. Pero al caer en la cuenta de que volvió a contratar a JJ Rendón en su campaña y promovió a Chica a la Federación Nacional de Departamentos después de que habían sido mediadores de la mafia, la conclusión es que se guía por una categoría de ética diferente a las de Weber: una especie de “ética de la oportunidad”.          

Si las otras candidaturas no demuestran estar a la altura de las circunstancias, no queda más opción que el voto en blanco.

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