Carlos Alfonso Velásquez A. | INCAPACIDAD PARA ENJUICIAR LA REALIDAD
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INCAPACIDAD PARA ENJUICIAR LA REALIDAD

INCAPACIDAD PARA ENJUICIAR LA REALIDAD

Uno de los rasgos característicos de la actualidad es la incapacidad para percibir las ideas centrales o principios que explican los fenómenos sociales que se despliegan ante nuestra mirada. De aquí se deriva la incapacidad para combatir las calamidades que nos afligen pues las atacamos sin atender a sus orígenes.
De esta manera nos vemos abrumados por un fárrago de problemas que no sabemos cómo solucionar, o proponemos soluciones que sólo atacan sus consecuencias sin atender a sus causas. Y esto sucede porque ya no existe una capacidad para enjuiciar la realidad desde una perspectiva abarcadora que la explique con coherencia. Nuestros juicios se asemejan a una telaraña de impresiones confusas y contradictorias.
Evidencias de esta incapacidad saltan a la vista: si el conflicto armado se estanca, pensamos que se destraba abriéndole más las puertas a la intervención de los EE.UU.; si detectamos corrupción administrativa consideramos que se soluciona liquidando las entidades corruptas; si aumenta el número de crímenes perpetrados por adolescentes, pensamos que la solución consiste en disminuir la edad de responsabilidad penal; si aumentan los embarazos no deseados, pensamos que la solución está en repartir condones o en legalizar el aborto.
Esta incapacidad beneficia a los políticos que han hecho del combate de los problemas sociales en sus consecuencias su coartada vital. Es que cuando se mantiene el juicio sobre la realidad en un plano contingente, se aviva la bulla ideológica y así se evita arribar a la raíz de los problemas para solucionarlos. De esta manera se impide que la gente llegue a saber dónde se halla el meollo del problema por estar concentrada en elegir entre las soluciones circunstanciales que se ofrecen.
Para garantizar su protagonismo, los promotores del rifirrafe ideológico cuentan con una maniobra de mistificación disfrazada de “pluralismo”, “libertad de opinión” etc.: convertir los medios de comunicación en un pandemónium de opiniones en disputa, proferidas por personas que, a semejanza de los promotores del rifirrafe, son incapaces de conducir los hechos hasta sus primeras causas, incapaces de hallar entre el embrollo de minucias intrascendentes el hilo conductor que lleva hasta los principios originarios.
Esta impotencia para alcanzar los orígenes suele estar presente en personas sin anclaje en principios, que creen pueden ser reemplazados con una adscripción ideológica. Por esto, en lugar de rescatar del estrépito circundante la nota originaria que podría otorgar claridad a la realidad, añaden más ruidos. De esta confusión se abastece la ciudadanía y cualquier intento de quebrar este círculo vicioso resulta estéril, porque la realidad se ha convertido ya en un campo en el que cualquier razonamiento que trate de ascender hasta los orígenes del problema se torna ininteligible.
Y así llegamos a una sociedad pegada al día a día, que no se plantea el por qué de las cosas, ni los motivos que nos han llevado a una situación deteriorada, que no se detiene a pensar cómo salir del atasque y obtener una mejor calidad de vida.

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