Carlos Alfonso Velásquez A. | LA CORRUPCIÓN: SÍNTOMA DE CRISIS MORAL
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LA CORRUPCIÓN: SÍNTOMA DE CRISIS MORAL

LA CORRUPCIÓN: SÍNTOMA DE CRISIS MORAL

Se profiere la primera condena contra Samuel Moreno Rojas exalcalde de Bogotá por el caso del “carrusel de la contratación”. Una semana después de renunciar el presidente de Cafésalud por escándalos de corrupción en la EPS, es encontrado el cadáver del revisor fiscal de la misma entidad que investigaba los hechos corruptos; y varios médicos forenses concluyen que la causa de la muerte fue asfixia mecánica. Son tan solo dos de los últimos casos de corrupción – pública y privada – registrados en los medios de comunicación.

Y como en otras ocasiones el problema tiende a verse limitado a una clase política desvergonzada, que no está a la altura del nivel ético que pide la sociedad. Sin embargo, la actualidad está llena de noticias que ponen en duda la exigencia ética no solo de los políticos sino de tantos otros sectores sociales. Lo que nos lleva a concluir que los escándalos de corrupción solo son un síntoma más de la crisis moral que atravesamos. Si así no fuera y la sociedad tuviera una ética general adecuada, tanto el caso del carrusel de la contratación como el de Cafésalud, no habrían ocurrido o al menos se hubieran detectado desde mucho antes.

Pero no se trata de hacer aquí un inventario de prácticas corruptas. Sin embargo, sí es necesario reconocer que la actitud de poner los intereses individuales corruptos por encima de todo no es exclusiva de los políticos, que a fin de cuentas provienen de la misma sociedad que los elige o acoge en cargos públicos. Es el propio tejido social el que necesita una regeneración ética.

Si algo ha revelado nuestra crisis moral es que el “progresismo” imperante entre la mayoría de los políticos ha fracasado en la vertebración ética de la sociedad. En Colombia el paulatino repliegue ético del cristianismo ha sido saludado como un progreso social: ¡por fin! el ciudadano iba a comportarse como una persona autónoma, sin los límites sofocantes de la religión ni el sentimiento de culpa. Su conciencia sería el mejor sostén del comportamiento cívico. Pero esa autonomía no ha sido más que individualismo en la mayoría de los casos.

Es cierto que la inspiración cristiana, mal interpretada y vivida, era compatible con no pocas deficiencias éticas individuales y sociales. También lo es que hay comportamientos ejemplares entre los no creyentes. Pero es cada vez más claro que, debilitada la influencia cristiana, el armazón ético de la sociedad no ha encontrado un sustituto. Muchos echaron por la borda esa ética cristiana que limitaba las propias apetencias y acabaron pensando que las fronteras de la ley también eran franqueables.

Si Colombia no emprende una renovación ética, su futuro como sociedad verdaderamente civilizada estará constantemente en entredicho.

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