Carlos Alfonso Velásquez A. | NEUTRALIZAR LOS RIESGOS DE EXTENDER EL CONFLICTO
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NEUTRALIZAR LOS RIESGOS DE EXTENDER EL CONFLICTO

NEUTRALIZAR LOS RIESGOS DE EXTENDER EL CONFLICTO

Durante los períodos Uribe las posiciones más importantes de Colombia en política exterior han estado determinadas por el conflicto armado. La búsqueda de aliados para la “Seguridad Democrática” y la lucha contra el terrorismo ha sido el eje conductor. A este legado hay que sumar la ruptura con la tradición colombiana de mantener relaciones privilegiadas con los EE.UU. y al mismo tiempo formar parte de las corrientes del hemisferio latinoamericano, producto de conducir la política exterior de manera más institucional que personal, más diplomática que mediática.

Por lo anterior, una de las características del actual gobierno ha sido la tendencia a limitar la política exterior a una relación especial con los EE.UU. Lo que, entre otros aspectos, le ha aportado al país una valiosa ayuda para potenciar las FF.AA. en su lucha contra los diferentes factores de violencia, pero también una creciente dependencia político – militar del coloso del norte.

Como una consecuencia más de dicha tendencia hoy en día estamos “ad portas” de un trascendental acuerdo entre Colombia y EE.UU.: se busca ampliar la cooperación militar mediante el traslado – a cinco de las bases aéreas y navales del país – de operaciones derivadas de la estrategia contra el narcotráfico que se han venido realizando desde la base de Manta (Ecuador), las cuales se extenderían a “la lucha contra el terrorismo”.

Según la revista Cambio, aunque las condiciones que se están contemplando en la negociación son diferentes a las pertinentes para establecer una base militar estadounidense, la nueva figura contemplaría la posibilidad de que EE.UU. pueda “cooperar con otras naciones de la región” desde las bases colombianas. En otras palabras, se ampliaría la proyección del poder militar de la potencia en Latinoamérica.

Por obvias razones, la divulgación de la noticia habrá encendido las luces de alerta en los gobiernos de otros países, empezando por aquellos con quienes compartimos fronteras. Luces amarillas en Brasil, Perú y Panamá; rojas en Venezuela, Ecuador y Nicaragua.

También se habrán encendido las alertas en las Farc. No solo por el incremento del poder de combate de las FF.MM., sino por la oportunidad de oxigenar su discurso: “podemos convertirnos en líderes de una guerra Bolivariana contra el imperialismo Yankee, eventualmente, apoyada por Venezuela, Ecuador y Nicaragua”, pensarán.

¿Cómo actuarían los militares de EE.UU. en caso de hostigamientos de las Farc? ¿Se está contemplando esta contingencia en el acuerdo?

De cualquier manera, lo más importante para Colombia es neutralizar los riesgos de extender el conflicto. Pero para esto y aprovechando el cambio de acento en la política exterior del gobierno Obama, el nuestro tendría que dar un viraje y – previo lobby con los países menos alejados – llevar el asunto al Consejo de Defensa y Seguridad Suramericano. Cabe recordar que Colombia firmó la declaración de Santiago de Chile que en uno de sus puntos reza: “Generar consensos para fortalecer la cooperación regional en materia de defensa”.

      

 

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