Carlos Alfonso Velásquez A. | NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA
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NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA

NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA

Como el adagio anterior ha sido con frecuencia acertado tanto en el mediano como en el largo plazo, auscultemos un poco en los bienes que podrían venir a raíz del Covid-19 y la simultánea crisis económica que se ve venir.

Empecemos por lo micro constatando que por el aislamiento para contener los contagios que se incrementará en los próximos días, estamos revaluando algunas de las costumbres sociales que hemos descuidado, especialmente aquellas de la vida en familia. Por ejemplo, estamos volviendo a la solidaridad a través del tiempo y edades, aquella que hoy se traduce en el cuidado prevalente de niños y abuelos. También el confinamiento es un reto para las personas que han visto en el consumismo la vía para escapar del vacío interior que se experimenta cuando se vive hacia afuera. El tener que quedarse en casa, puede aprovecharse para pensar, meditar, leer o sencillamente para aislarse, permitiéndonos caer en la cuenta del tiempo de nuestra rutina diaria que no es realmente aportante para llenar nuestro interior. En fin, tenemos la oportunidad para repensar el sentido de nuestra existencia.

En lo macro estamos observando cómo la globalización caracterizada, entre otros, por el empoderamiento del capitalismo neoliberal, ha facilitado que el “dios mercado” se haya tornado en una especie de carro sin control que va dejando a su paso muertos sin distingo (recesión, quiebras de empresas etc). El punto a destacar es que lo que se ve venir, sumado a la crisis del 2008 está anunciando el agotamiento definitivo del capitalismo neoliberal. Por esto, distintos autores han venido reclamando un “capitalismo más humano”.

Y entonces está surgiendo la oportunidad para que el mundo empiece a considerar en serio la socioeconomía como la alternativa para humanizar el capitalismo. Amatai Etzioni ha enunciado las premisas básicas compartidas por las diversas formas de hacer socioeconomía. En primer lugar, demuestra que las personas no deben ser entendidas como calculadoras, caracterizadas por su racionalismo, sangre fría e interés propio, de donde se deriva la modificación del argumento de la racionalidad a la hora de las decisiones económicas. Por ejemplo, los padres que sacrifican sus intereses en favor de sus hijos no son necesariamente irracionales; tampoco por estos días lo serán los empresarios que sacrifiquen utilidades, e incluso parte del patrimonio de una empresa, por mantener en la nómina empleados sin producir por el aislamiento obligatorio. Otra premisa es la de la imbricación social del mercado y el consecuente papel en aquel de las instituciones y el poder político, lo cual implica que ciertos rasgos culturales hagan que las “leyes económicas” como aquella de la “mano invisible del mercado” se cumplan o no de manera peculiar o distinta dependiendo del contexto.

En otras palabras, la socioeconomía aborda las cuestiones analíticas, políticas y morales que surgen en la intersección de la economía y la sociedad, explorando cómo la economía es o debe ser gobernada por las relaciones sociales, las reglas institucionales, las decisiones políticas y los valores culturales. Si en el paradigma neoclásico las preferencias eran dadas y constantes en el contexto de una economía y un mercado competitivos, en la socioeconomía los actores amoldan sus preferencias a los valores comunitarios.

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