Carlos Alfonso Velásquez A. | OJALÁ ESTÉ EQUIVOCADO
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OJALÁ ESTÉ EQUIVOCADO

OJALÁ ESTÉ EQUIVOCADO

Observando los acontecimientos del último año relacionados con el conflicto armado del país, llegan a la mente las siguientes reflexiones que podrían ser un fragmento de un escrito de Historia de Colombia a publicarse en el futuro. Ojalá esté equivocado y nunca se tenga que escribir.

Después de seis años consecutivos de gobierno, la Política de “Seguridad Democrática” mostraba evidentes resultados. El cénit se alcanzó con las marchas masivas contra el secuestro, la muerte consecutiva de tres miembros del secretariado de las Farc, la fuga de Oscar Lizcano y la operación “Jaque”.

La implementación de dicha política le había devuelto el optimismo a la mayoría de colombianos que percibían cada vez más cercano “el fin del fin” del conflicto y premiaban al Jefe del Estado con altas cotas de opinión favorable.

Sin embargo, el escenario empezó a cambiar en contra de las expectativas y paulatinamente regresó el pesimismo al ver que el conflicto más viejo del mundo, superado en longevidad solo por el de Israel, se mostraba estancado.

En el trasfondo del estancamiento influyeron diferentes eventos, que potenciados por el errático manejo estratégico del gobierno, fueron supliendo el déficit de oxígeno de la autojustificación de las guerrillas y, por ende, de su moral combativa.

Los que más golpearon la legitimidad del gobierno fueron las conductas de militares que, por acción u omisión, asesinaron civiles para presentarlos como espurias “bajas enemigas”. El empleo de detectives del DAS en seguimientos abusivos, que abarcaron interceptaciones de teléfonos y correos electrónicos de personalidades del país, incluyendo a magistrados de las Cortes. Y, la desmovilización de paramilitares dejando muchas sombras de duda sobre la verdad y la reparación.

No obstante, en el último año de mandato el gobierno no podía permitir que se desinflaran las expectativas de terminar el conflicto mediante la derrota militar de las guerrillas. Por esto buscó acelerar la llegada del “fin” mediante el incremento de la ayuda militar de EE.UU. autorizando el acceso de naves, aeronaves y personal militar de ese país a las siete bases más importantes de las Fuerzas Militares. De esta manera pudo contar con más apoyo inmediato en los campos aero-táctico y de inteligencia técnica.

Pero el gobierno no calculó bien las reacciones que se iban a suscitar en los países suramericanos. Supuso que con la explicación de que las bases no eran para espiar a terceros países el asunto quedaba arreglado, y esto no ocurrió. Después calculó que los reparos por el acuerdo militar quedarían focalizados en las condenas de Chávez en Venezuela y Correa en Ecuador, quienes por sus vínculos con las Farc no serían escuchados y tampoco sucedió.

Lo que sí ocurrió fue que las Farc recibieron más oxígeno en su moral combativa al darse cuenta de que varios gobiernos y sectores de opinión internos y externos, comulgaban, al menos en algo, con su “Bolivarianismo” y su “anti-imperialismo Yankee”. Y el conflicto armado siguió estancado con el riesgo de extenderse a los países vecinos.

 

  

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