Carlos Alfonso Velásquez A. | PACIFICACIÓN Y EDUCACIÓN
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PACIFICACIÓN Y EDUCACIÓN

PACIFICACIÓN Y EDUCACIÓN

El conflicto armado que se busca cerrar con las Farc (¿Eln?) nació, creció y está muriendo como una “guerra revolucionaria” degradada. Degradación expresada en los secuestros, las masacres, el paramilitarismo y su correlato en la parapolítica, los “falsos positivos”, en fin, la degradación tiene su trágica evidencia en la gran cantidad de víctimas civiles.

Ahora bien, toda “guerra revolucionaria” surge por algún tipo de crisis de legitimidad política que, equivocados o no, perciben en el Sistema Político quienes la emprenden; lo cual desemboca en su causa-meta: cambiar radicalmente y desde el ejercicio del poder, todo aquello que consideran ilegítimo.  

Y como en toda “guerra revolucionaria”, los jefes guerrilleros elaboran un discurso de “ilegitimidad del régimen” que en la medida en que no les suene vacío, los mantiene motivados en su lucha. Y claro está, adoptan una estrategia para llegar a aquella meta. La cual se aplica con base en seis variables interrelacionadas: apoyo popular (activo y/o pasivo), apoyo exterior (político, material, de “santuario”), organización, cohesión, medio ambiente (físico y cultural) y respuesta del gobierno (consistencia, continuidad, coordinación de esfuerzos político-militares). De esta manera, a lo largo del conflicto y de acuerdo a las falencias o vacíos en las respuestas de los gobiernos, las guerrillas priorizan la acción sobre una u otra de las variables buscando mantenerlas a su favor.

Así las cosas, y en apretada síntesis, en Colombia las guerrillas han mantenido a su favor la organización y la cohesión, un poco menos el medio ambiente, y, en considerable proporción, las respuestas de los gobiernos. No así el apoyo popular y el apoyo exterior, aunque tampoco estos los han tenido totalmente en contra.

Sin embargo, hay que tener también en la cuenta otras dos variables transversales que alimentan (o no) las seis mencionadas, por lo que adquieren cariz de decisivas: la financiación y la superioridad moral. Sobre la primera se ha hablado bastante -secuestro, extorsión, narcotráfico- y aunque han podido mantener una importante cantidad de hombres en armas, por emplear medios reprochables en la “ética revolucionaria” no pudieron lograr la superioridad moral, variable esta que pesa más por estar ostensiblemente correlacionada con la legitimidad.

Fue esa superioridad moral la que alcanzaron las guerrillas contra las dictaduras de Batista en Cuba y Somoza en Nicaragua. No así en Colombia donde, pese a sus falencias, se ha mantenido la democracia liberal. La misma que toco fondo al final de la década de los 80s en especial por la impunidad de tantos crímenes, pero ha venido recuperando cotas de legitimidad desde mediados de los 90s pese a algunas dosis de impunidad: proceso 8000, para-política, corrupción del DAS, “falsos positivos”, Agro Ingreso Seguro, “carrusel de la contratación” en Bogotá, por solo mencionar algunos de los casos de mayor impacto que han colocado en entredicho aquello de que “la justicia es solo para los de ruana”. Por todo lo anterior estamos avanzando en la pacificación buscando terminar el conflicto armado en una mesa de negociación política.

No obstante, el estar avanzando en la pacificación del país solo por la recuperación de cotas de legitimidad debido a procesos penales de impacto, nos conduce a una cuestión más de fondo. Cuando observamos que también detrás de cada contrato estatal (nacional o local) hay un sinnúmero de corruptos al acecho o que el Director de la Policía afirma consuetudinariamente que los delitos entre niños y adolescentes aumentan de manera preocupante…, la conclusión lógica es que una crisis moral afecta a nuestra sociedad.

Crisis moral que se origina en que una considerable proporción de colombianos (as) no tienen claridad en la concepción de lo que es una vida lograda, es decir no tienen clara la respuesta de cuál es su fin en la vida y no ven que moral no es lo que deben hacer, sino lo que deben ser, lo cual les llevaría a ejercer una libertad ordenada y responsable, esto es, a aceptar normas de comportamiento no como algo impuesto sino acogido para una mejor convivencia. Crisis moral pues quiere decir que nuestra sociedad no sabe proponernos cuál es nuestro fin en la vida para que ésta sea lograda. No es sino, por ejemplo, preguntarnos si en Colombia prevalece la norma de “no lo hagas porque dañas y te dañas” o más bien se impone la del “haz lo que sea, lo importante es que no te cojan”. Lo cierto es que hay de ambas.

La clave está entonces en cómo conseguimos que los partidarios del “que no te cojan” no formen una categoría social preponderante sino excepciones. He aquí uno de los principales retos de la educación para alcanzar la paz.

          

 

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