Carlos Alfonso Velásquez A. | ¿REHÉN DE LA PAZ?
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¿REHÉN DE LA PAZ?

¿REHÉN DE LA PAZ?

Con el anuncio de su intención de buscar un segundo mandato, el presidente Santos, mostrando una vez más su déficit como estadista, planteó un “juego sangriento” fruto del cual, probablemente va a pasar a la historia como “el rehén de la paz”, a no ser que sorpresivamente saque a flote habilidades que aún no hemos conocido.

En la alocución con que anunció la decisión colocó la consecución de la paz como el máximo anhelo de los colombianos y en consecuencia “su reto” principal, no el de todos los colombianos. Por esto dijo: “Todavía nos quedan grandes desafíos, pero estoy convencido de que la forma de enfrentarlos no es sólo a sangre y fuego”, dejando además el mensaje de que “la paz la puedo terminar, pero necesito más tiempo” (léase el de la campaña y el de un segundo mandato). Hasta aquí nótese que como una muestra más de sus incoherencias, dejó a un lado el objetivo criterio de “terminar el conflicto armado” – para después continuar construyendo la paz-, imperante desde que se abrió la mesa de La Habana. Y dió un salto al subjetivo y etéreo concepto de “paz”. ¿Habrá discutido esto con De la Calle, Jaramillo y Pinzón? No parece ser, pues el término “paz”  estimula más la emotividad (potenciales votos) que la razón. Seguramente lo discutió sí pero con sus asesores de imagen y con los especialistas en marketing político. Aún más, como a los colombianos les preocupa más la seguridad que la paz afirmó categóricamente: “la paz es la seguridad definitiva”. En resumidas cuentas lo que hizo Santos fue disparar el “voluntarismo de paz” quizás sin medir de manera suficiente los riesgos para el país que podría verse abocado a una paz mal hecha, lo cual no es nada deseable como bien lo ha mostrado la historia.

Ahora bien, el primer gran problema que tendrá que afrontar es que ese disparo del “voluntarismo de paz” puede traer votos, pero no deja de tener efectos colaterales. Uno de ellos es el de incentivar los que podemos llamar “liderazgos de paz” de la sociedad civil. Lo cual en sí mismo no es ni mucho menos negativo si se puede canalizar como una fuerza política (no electoral) decisiva. Lo malo es que Santos, por su pasado y su estilo, no posee el perfil adecuado para lograr dicha canalización. Es que cualquiera de esos liderazgos de la sociedad civil tiene la potencialidad de no sólo oscurecer sino de superar con creces el del Presidente, es decir el de quien se comprometió ante el país a asumir el reto.

Santos puede tener muchas cualidades menos la de ser un líder carismático y fuerte que apunte con claridad por dónde se debe ir. Al contrario, es un miembro de la élite gobernante que no se gana el corazón de la gente. Es más, a veces él mismo parece sentirse incómodo con la democracia participativa y la puerta que abrió se le puede convertir en una “tronera participativa” puesto que si algo identifica a los colombianos es su hastío con el conflicto armado, pero a la vez con la élite gobernante que no ha logrado liderar su terminación.

Y mientras lo descrito se vaya desarrollando, las FARC estarán cada día en una posición más cómoda y ventajosa para negociar con el presidente-candidato. Por una parte no están esperando votos, ni para la campaña al congreso ni para la de la presidencia. Por otra, saben que cualquier acción para mantener las “expectativas de paz” o por el contrario para alejarlas, jugarán a favor o en contra de la re-elección de su “enemigo de clase” a quien también han criticado por amarrar el proceso a la contienda electoral, y en quien, al parecer, poco confían.

De cualquier manera que se mire, hay que decir que infortunadamente el proceso para terminar el conflicto entró en una fase de mayor incertidumbre.

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