Carlos Alfonso Velásquez A. | VOTO POR EL MAL MENOR
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VOTO POR EL MAL MENOR

VOTO POR EL MAL MENOR

Pese a que la polarización negativa entre los candidatos a la presidencia ha tenido dique de contención con la tramitación institucional de las acusaciones, el ambiente político suscitado por el debate electoral sigue colocando al desnudo el famélico liderazgo político y el consecuente deterioro del ejercicio de la política. Además del divorcio entre ética y política ¿cuál otra es la causa para que hayamos pasado de la judicialización de la política a la politización negativa de la justicia, y hoy estemos en irresponsables pasos hacia la politización negativa del Ejército y la Policía?    

La cuestión es preocupante. No es sino traer a colación el que los dos pilares fundamentales sobre los que se construye el Estado-Nación son la Justicia y la Seguridad, y estos se han venido politizando negativamente como si estuviéramos volviendo a los aciagos años alrededor del 9 de abril de 1948, con una diferencia: la politización negativa afectó principalmente a la Policía y no al Ejército, el cual precisamente por esto pudo contribuir decisivamente a superar la crisis.

Ahora bien, en lo anterior hay responsabilidades compartidas en diferentes niveles del liderazgo político que quizás más adelante los historiadores auscultarán. Por ahora, dada la coyuntura electoral, solo quiero referirme a una de ellas: el criterio insuficiente para un hombre que aspira a ser Jefe del Estado, evidenciado, entre otras, en dos posturas que ha asumido Zuluaga. En vísperas de las elecciones al congreso lanzó la propuesta de que los militares activos y policías tuvieran el derecho al voto (como si Colombia fuera Suiza), y más adelante empezó a declarar que si llegaba a la presidencia el 7 de agosto dormiría en una Fragata de la Armada Nacional anclada en el meridiano 82 para ratificar nuestra soberanía (mediante una actitud retadora). Es que el “liderazgo polarizante y crispador” del electo senador Uribe ha tenido, y sigue teniendo efectos colaterales.

Otro de esos efectos es el de que en la campaña del CD se tenga un diagnóstico equivocado de lo que realmente representan las Farc, unas veces sobredimensionándolas y otras subvalorándolas. Lo cual – además de nublar la mirada para concretar un “cómo” adecuado para ponerle fin al conflicto armado-, es aprovechado por Santos para lanzarle cargas de profundidad como lo hizo en el debate en Caracol TV: “Me criticó por negociar con nuestros enemigos, me dijo que eso es legitimar el terrorismo, y ahora dice que de pronto va a negociar con ellos, pero con unas condiciones. Y hace unos días dijo que considera que no hay conflicto armado interno, lo que implica no reconocer a las víctimas”.

Por lo anterior y otras razones que no cupieron aquí, y pese a que paulatinamente y solo en la campaña Santos empezó a exteriorizar convicciones con algo de coherencia sin abandonar la falta de prudencia gubernativa – y otras falencias que no afectarían de manera preocupante la marcha del país- he decidido aplicar aquello del “mal menor”: votar por el presidente-candidato.

         

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